jueves, 9 de septiembre de 2010

BANCO DE SEMILLAS PARA LA CONSERVACIÓN DE ESPECIES

Banco de semillas para conservar especies vegetales

En el año 2000, se fijó como objetivo reunir una décima parte de las especies silvestres del planeta en 10 años. Entonces se conocían 240.000 especies; hoy, los biólogos sin ser exactos, rondan las 300.000, y en el banco guardan cerca de 26.000. Yacen bajo tierra, en botes transparentes sellados; en una cámara acorazada, a 20°. En estas condiciones, las semillas podrían conservarse cientos, incluso miles de años.
Para 2020, se proponen almacenar un cuarto de las especies conocidas.
El primero fue César Gómez Campo; en 1966 comenzó a reunir semillas silvestres en un banco de la Universidad Politécnica de Madrid.
Roger Smith, junto a un pequeño equipo de Kew, trasladó su visión lejos de la contaminación londinense, a un lugar llamado Akehurst Place (condado de Sussex); entonces un viejo caserón isabelino, rodeado de praderas. Comenzó por las especies británicas, como una división más del Real Jardín Botánico. Dos décadas después, con esta colección a medias, el fondo de la Lotería Nacional financiaría gran parte de su sueño.
Las especies se desvanecen a un ritmo nunca visto, entre 50 y 100 veces superior al natural.
El 45% de los bosques de la Tierra han desaparecido. 34.000 Especies vegetales están abocadas a la extinción. Un tercio de la flora se encuentra amenazada.

El destino de la flora

Asegurar el despliegue de toda la diversidad genética de una especie, requiere unas 10.000 unidades, lo cual no es fácil. Los botánicos del Banco del Milenio, no se pasean por el mundo extirpando muestras de flora amenazada en nombre de la madre naturaleza; los tiempos han cambiado; la acción comienza entre oficinas; hay negociaciones y mucho papeleo, convenios y tratados que respetar. El equipo ha fijado acuerdos con 50 estados, y un centenar de instituciones. Trabajan en colaboración con botánicos y biólogos locales, y los pactos suelen incluir la puesta en marcha de un banco de semillas en el país de origen, si no existe aún, y cláusulas para compartir el conocimiento y la formación de equipos. Cualquier beneficio o innovación derivados de la planta, ha de revertir sobre quienes cedieron un pedacito de su flora.
Las partidas llegan al condado de Sussex por correo, o las trae algún biólogo al volver de una expedición. Lo primero que buscan en el paquete es un espécimen de la planta, prensado entre hojas de periódico; muy pocos identificarían a simple vista una semilla. Esta tarea requiere el cotejo minucioso del tallo, la flor y las hojas de la muestra. Han de asegurarse de que realmente se trata de la especie que buscaban. El ejemplar desecado se manda al herbario de los jardines de Kew, la biblioteca taxonómica más completa del mundo. Siete millones de plantas secas ordenadas con rigor por familia, género, especie y localización geográfica, en salas de tres plantas, llenas de archivos y carpetas que aún desprenden perfume. En un silencio sepulcral, botánicos encanecidos desempolvan muestras de hace siglos, comparan con las enviadas desde el Banco del Milenio y dan su aprobación. Las semillas para entonces ya están casi secas en Sussex. "La tarea requiere buena vista y mucha paciencia", dice la anciana en bata blanca; en la estancia contigua a la habitación secadora, un equipo de voluntarios limpia y desecha; las semillas han perdido humedad durante tres meses. El equipo de limpieza aplica un lavado creativo, según lo que llegue.
Una semilla puede llegar a vivir de 5 a 25 años en condiciones normales. Espera que llegue su momento y se autorregula gestionando su concentración de agua. A partir del 40% de humedad empieza a moverse; metaboliza, por debajo las moléculas renquean. Es como si respirara hondo para bajar el ritmo de las pulsaciones. La más antigua jamás germinada se encontró en Israel; una palmera que se creía extinta, tenía unos 2.000 años, según reveló la prueba de carbono 14; los pasó enterrada en condiciones frías y secas.
Por cada 5 grados menos de temperatura, se duplica la longevidad de una semilla. El frío frena un poco más su metabolismo, inhibe la aparición de hongos, insectos y bacterias; no mata la vida, la detiene.
El Banco del Milenio fue creado de esta forma:
Por un lado, el almacén de seguridad; luego están las salas de procesamiento y los laboratorios donde insuflar la vida; un museo para costear parte de los gastos y difundir su labor. Todo bajo el mismo edificio, funcional, ondulante, integrado en una colina. Los visitantes acceden desde el exterior a una sala central, desde la que se puede observar el movimiento de las 70 personas del equipo. El ala izquierda corresponde a las tareas de secado y limpieza; a la derecha, los científicos ponen a prueba su creatividad. Bajo la estancia central queda la cámara frigorífica, inaccesible para cualquier ciudadano. La puerta es de acero, de unos 40 cm. de grosor, doble llave, luego un pasillo estrecho y una puerta hermética. Entramos en la antesala: un cuarto con un ambiente regulado a 16 grados, 15% de humedad; las semillas son sometidas a nuevo secado de dos meses. Son organismos vivos, aprovechan cualquier contacto con el ambiente para reabsorber agua y volver a latir. Los operarios revisan su humedad con higrómetros, antes de introducirlas en recipientes transparentes. Entre las semillas dejan caer un sobrecito con gel de sílice, bolitas doradas de un compuesto sintético y absorbente como esponja. Cualquier brote de humedad será atajado; un fallo en el sellado hermético, y éstas se vuelven azules, es la señal de alarma. Cuando se abre la puerta de la cámara frigorífica, la visión resulta aséptica; el ambiente parece hecho de alfileres. Una hilera de estanterías grises contiene los tarros con el número de colección. Semillas con la vida desecada; da la sensación de que uno podría pulverizarlas con dos dedos; se desharían en la mano como si fueran de arena. Hay tres cámaras como esta en el semillero del mundo. Están creando una nueva para las almacenadas en nitrógeno líquido, a -196°. Podría ser el futuro para conservar las semillas que no sobreviven al secado.
"Nos encontramos en el lugar del planeta con mayor biodiversidad por metro cuadrado", dice Robin Probert, jefe de conservación y tecnología; un escocés experto en la humedad y sus consecuencias.
A poco de entrar en fase de congelación, su equipo toma una pequeña muestra de semillas (examen de germinación); igual de importante que dormirlas es saber reanimarlas. Repiten la prueba a los 10 años, para comprobar su viabilidad.
Cada especie necesita su tiempo, sus horas de luz y calor. Hay semillas corrientes, semillas complicadas, y un selecto grupo extremadamente caprichoso que sólo nace a plena oscuridad, o después de sentir dos inviernos por ejemplo. Se sabe que las más pequeñas requieren más luz; su tamaño indica que poseen menos energía almacenada. Suelen crecer próximas a la superficie, para que el brote encuentre el exterior enseguida. Para las semillas del desierto, lo importante es la oscuridad: de esa forma se aseguran permanecer enterradas cerca del agua. Algunas nunca crecerían a la sombra, para cerciorarse de que no nacen rodeadas de competidores.

Siglos de evolución

El doctor Probert y su gente, actúan como detectives: ensayo y error, hasta descubrir la llave que abre   la puerta del letargo. Un brote verde en las placas petri indica el camino; hay cientos en el interior de las incubadoras.
Replican condiciones ambientales: agua, nutrientes, un termostato regulable y un número de horas de luz.
Hasta el momento, confirmaron la germinación del 40% de las especies guardadas. La información es de un valor incalculable, y se hace pública.
Por muchas semillas que uno tenga, no sería posible reproducir una especie sin poseer también la llave. Unas 420 colecciones del banco, son empleadas para la propagación de variedades amenazadas.
En un vivero contiguo al edificio principal, crece una veintena de leucadendrón, ejemplares nacidos de semillas almacenadas; sólo quedan dos poblaciones de esta especie en Sudáfrica. Los propágulos serán devueltos a su hábitat.
"La tecnología es tan sencilla, que sería absurdo no tomarse la molestia de conservarlas. No sabemos qué nos podrá ofrecer cada especie en el futuro", dice Robin Probert, "Las plantas son como libros; de algunas hemos leído la edición entera, o al menos varios pasajes. De la mayoría no conocemos ni siquiera el alfabeto en que fueron escritas".
A la Ramosmania rodriguesii, la llamaban "el muerto viviente", porque era la última de su especie. Permanecía siempre en flor, como si emitiera un grito de vida, un último suspiro: no daba semillas.       Podía ser multiplicada mediante esquejes, pero se obtenía un clon, incapaz de fructificar como el original. Carlos Magdalena, un español empleado en los jardines de Kew, se obsesionó con ella. Cortó un estigma, polinizó el estilo, forzó un macho a ser hembra, y al poco le apareció un saco rojizo plagado de semillas. Aquel verano había sido uno de los más calurosos de Inglaterra, y uno de los paneles que cubrían el vivero había fallado; más calor y más sombra. La planta liberó toda la diversidad genética que contenía; nacieron hembras y frutos en progresión exponencial.
Roger Smith contaba que él solía ver aquel lugar como un cinturón de seguridad: una solución barata y no demasiado molesta que podría salvarnos la vida; pero ha cambiado de opinión. Su arca, cree ahora, se parece a una paleta con pigmentos: otros tomarán de allí lo necesario, convirtiéndolo en una obra de arte. "Estamos legando algo al ingenio humano", dijo. Añadió que de aquí a 40 años, aceptaremos la modificación genética de las especies, como única solución al crecimiento de población y la sequía.
"Al final, la única pregunta realmente importante, es si habrá agua y comida para mis hijos".
En Sussex, el ser humano hallará todo lo necesario. Bajo tierra; a 20°.

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4 comentarios:

  1. Especialmente de tu artículo me gusta lo siguiente:

    "La tecnología es tan sencilla, que sería absurdo no tomarse la molestia de conservarlas. No sabemos qué nos podrá ofrecer cada especie en el futuro", dice Robin Probert, "Las plantas son como libros; de algunas hemos leído la edición entera, o al menos varios pasajes. De la mayoría no conocemos ni siquiera el alfabeto en que fueron escritas".

    Muy interesante, Soledad.
    Como siempre, haces que aprenda algo nuevo cada día.

    Un beso grande!

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  2. Gracias por llegar a Convivencia y participar, será muy interesante ese granito de arena que nos vas a dejar para que nuestro sueño se haga realidad.

    Un abrazo agradecido.

    P-D-: Ya sabes que blogger nos lo pone muy fácil a poder dejar programados los artículos.

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  3. Me gustó mucho el post Sole y me tranquiliza que haya una reserva de todo en el planeta, a ver si las generaciones venideras pueden disfrutar de algo bueno, me encantó tu comparación de las plantas con los libros,poque adoro a las plantas y soy blibliotecaria recibida. Las primeras dan vida y oxígeno al planeta, los libros son para la cultura, la ilustración no solo a nivel mental, tb físico y psiquico. Felicidades por el post. Un besote enorme querida Sole.Uru.

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  4. 7 Letras:
    Me alegro de que te haya resultado interesante el artículo. Gracias por acompañarme hoy, como siempre.
    ¡Te mando un beso grande!.

    Senovilla:
    Estoy contenta de poder participar. Me entusiasma la idea.
    Tienes razón, no se me había ocurrido lo de programar la entrada. Sabía que todos usan el sistema, pero hasta ahora nunca lo he utilizado.
    Gracias por tu comentario.
    ¡Besos!.

    Uru:
    Me alegro de que te guste, y gracias por comentar, mi Uru.
    A mí también me encantan las plantas y los libros.
    Es bueno que haya esta reserva, Creo que es una gran contribución al planeta.
    ¡Te mando miles de besotes!.
    Te quiero mucho.

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